Desafíos del teletrabajo y la vivienda en el campo español.
En Madrid, este 31 de marzo, se conmemora el séptimo aniversario de las protestas en defensa del mundo rural, un movimiento que alcanzó su clímax con una enorme manifestación en la capital. Este fenómeno ha evolucionado con el tiempo; desde una romántica visión del retorno al campo, impulsada en gran parte por el teletrabajo tras la pandemia, hasta la aguda crisis de vivienda que afecta también a estas zonas rurales.
En este contexto histórico, diversos analistas han sido consultados por Europa Press para ofrecer su perspectiva sobre la persistente despoblación que afecta a España, un problema que sigue demandando soluciones incluso años después del 'boom' vivido en 2019.
El profesor Vicente Pinilla, especialista en economía y despoblación en la Universidad de Zaragoza, señala que las desiguales pirámides demográficas, caracterizadas por un envejecimiento y una proporción de hombres desmesurada, están contribuyendo a la disminución de población. Esto,explica, ocurre sin que los habitantes abandonen necesariamente sus pueblos, ya que el “crecimiento natural es negativo” en esta región.
Pinilla tiene datos claros sobre Aragón: todos los municipios con menos de 5.000 habitantes han sufrido una pérdida de población en los últimos años, un resultado que está analizando en una investigación que realiza junto a sus colegas. Aunque advierte que estos datos no pueden ser generalizados a nivel nacional, deduce una posible tendencia: "No se puede afirmar que haya un retorno masivo al campo, por lo menos aquí en Aragón, y probablemente en el resto del país no será muy diferente", sostiene.
Uno de los relatos recabados por Europa Press es el de Borja Morteo, quien, a pesar de haber crecido en Zaragoza, conoce bien la vida en Luna, un pequeño pueblo de apenas 700 habitantes donde su familia tuvo un bar. A sus 22 años, Borja, que trabaja en el sector de los e-Sports, compagina sus obligaciones laborales con sus estudios en Madrid, lo que complica su relación con el pueblo.
Aunque nunca ha residido en Luna por períodos extensos, Borja describe los bares como "casi un servicio público, un punto de reunión esencial". Sin embargo, reflexionando desde la distancia, explica que vivir allí significa “apuñalarse entre suficientes”, pues las comodidades de la vida citadina lo han alejado de las condiciones del campo.
Entre sus mayores preocupaciones, destaca la escasez de empleo calificado y la deficiente calidad de las conexiones a Internet, algo fundamental para su trabajo. Esta falta de condiciones le hace imposible contemplar un regreso a Luna en el corto plazo, mirando hacia un futuro más seguro en Madrid.
Por su parte, Juan Antonio Lobato, investigador en la Universidad Carlos III, quien se especializa en estrategias para combatir la despoblación, atribuye a la llegada del teletrabajo un fenómeno de "estacionalización" de la pérdida de población, pero subraya que la glorificación del "nomadismo digital" no fue acompañada de la infraestructura y planificación urbanística necesarias. "El campo no está inundado de nómadas digitales", afirma rotundamente, señalando la falta de un enfoque integral en las soluciones implementadas.
Lobato también menciona que, desde su última publicación en 2024, la velocidad de despoblación ha disminuido. Advierte sobre un "umbral de alto riesgo de desaparición funcional", un punto de no retorno que amenaza a los pueblos que no pueden mantener sus servicios básicos, aunque, afortunadamente, su análisis muestra signos de desaceleración.
Tanto Lobato como Pinilla coinciden en que gran parte de los nuevos registros de población en el ámbito rural tras la pandemia se han debido al empadronamiento en residencias secundarias, lo que no representa un verdadero cambio demográfico.
Un caso emblemático es el de Soria, donde la agrupación Soria ¡Ya! fue clave en las protestas de 2019. Hugo Poza, un joven de 24 años de Covaleda, siente la presión de la falta de oportunidades en su zona. Aunque trabajó en el único bar de Salduero, un pueblo cercano de 148 habitantes, manifiesta que "aquí la gente sobrevive", lo que refleja la precariedad del entorno rural.
A pesar de que en Covaleda existe cierta infraestructura, Hugo teme que la situación se agrave si continúan las actuales tendencias. Considera que las instituciones no están haciendo lo suficiente para retener a los jóvenes. Con un fuerte sentido de pertenencia a su pueblo, espera que en lugar de atraer a más forasteros, se implementen políticas para sostener a quienes ya están allí.
Marina Jiménez, una joven de 23 años de Plasencia, Cáceres, observa la situación rural desde la distancia. Hace cinco años se trasladó a Madrid para estudiar Matemáticas y actualmente trabaja en Deloitte. Aunque anhela poder pasar más tiempo en su pueblo y teletrabajar, no ve posible regresar a su hogar en el corto plazo, ya que muchas de sus amistades han enfrentado dificultades para encontrar empleo después de regresar de estudiar en la capital.
Marina comparte la inquietud de muchos jóvenes que, aún teniendo un fuerte vínculo con su lugar de origen, enfrentan retos significativos como la escasez de viviendas asequibles y la necesidad de depender del automóvil para cualquier actividad. Estas experiencias respaldan la afirmación de Vicente Pinilla sobre la necesidad de mejorar la calidad de las infraestructuras y las oportunidades laborales en el campo, donde aún persisten barreras que dificultan el desarrollo de una vida digna.