• mircoles 07 de diciembre del 2022
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Alima, la mujer que recorrió mucho más de 600 km con cinco de sus hijos para escapar de la guerra de Mozambique

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   El enfrentamiento llevó a muchas familias a dejar sus vidas en el norte del país para terminar viviendo en la pobreza

   NACALA (MOZAMBIQUE), (de la envidad particular de EUROPA PRESS, Eva Rodríguez)

   Alima tiene 28 años y siete hijos. Con cinco de ellos, empezó el 4 de octubre de 2017 una huída de 606 km, desde Mocímboa da Praia hasta Nacala, las dos al norte de Mozambique.

   Esa región del país padece ya hace cinco años la existencia de una insurgencia terrorista de naturaleza yihadista que dejó ahora mucho más de 3.000 víctimas y cerca de 800.000 apartados por el interior del país. Además, han destruido capillas y casas de diferentes comunidades.

   Según cuenta Alima a Europa Press, su localidad se transformó en un espacio tan arriesgado que decidió abandonarla con su familia. La primera etapa le llevó recorrer hasta 60 km andando con sus hijos hasta Mueda, al tiempo que en la segunda llegó en turismo hasta Montepuez. Allí dejó a su marido con 2 de sus hijos. Ella y el resto de los pequeños prosiguieron en el automóvil mucho más de 400 km, hasta llegar a Nacala, en donde habita su cuñado.

   Tras pasar seis meses con él, la joven consiguió vivir en su casa. Durante 2020 y 2021 recibió una asistencia de urgencia para los apartados de este enfrentamiento y en este momento vende carbón para lograr comer y abonar el alquiler, cosas que, según ha contado, no en todos los casos puede llevar a cabo.

   Esta asistencia de urgencia recibida por Alima pertence a las ideas llevadas a cabo por Manos Unidas para los apartados de la guerra en Mozambique, que incluye ayudas en nutrición, kits de limpieza y atención psicosocial.

   Esta entidad asimismo financiará a lo largo de los próximos un par de años el Centro de Atención al Niño, un emprendimiento de educación para esos menores que llegaron a Nacala con sus familias huyendo del enfrentamiento.

   Los pequeños apartados reciben refuerzo académico a lo largo de las horas a las que no van al instituto. Además de ayudar a su educación, esta idea deja que estos pequeños logren jugar con otros de su edad, y que los progenitores logren buscar empleo o alimento en la localidad.

   Ese es la situacion de Juliana, Luisa y Adelaida, tres hermanas de entre 6 y 11 años que, tras vivir los riesgos de una guerra, gozan en este momento de unas mañanas repletas de ejercicios de matemáticas, dibujo o lengua. Además, aprenden canciones y juegan al baloncesto en unas canastas fabricadas por los propios chicos con un aro y un saco.

   Si bien en el momento en que se les pregunta a Juliana y Luisa, ámbas mayores, con lo que han vivido en el norte del país, no desean charlar, su padre, Severino, cuenta a Europa Press la situación vivida. "Comenzamos a no aguantar la situación", enseña, antes de indicar que varios de sus amigos habían descuidado ahora la provincia de cabo angosto en el momento en que ellos eligieron irse, en 2021.

   Trabajaba cerca de Nampula como mercader y en este momento vive de las ayudas. Según indicó, si bien busca empleo, solo soliciar una entrevista con elementos humanos en algún trabajo piensa entre 5.000 y diez.000 meticales (entre 78 y 157 euros). "Y no tengo dinero y tengo mucha familia en el hogar", apunta.

   Severino sí agradece que sus hijas logren estudiar merced al respaldo de Manos Unidas, de la misma su mujer, que reitera que soliciar asistencia a fin de que su familia, ella y su marido, logren comer y abonar la vivienda que les han cedido en Nacala. Según ha señalado, aún no tienen la posibilidad de regresar a su localidad pues "todavía es arriesgado". Pero más adelante sí que desean regresar.

   No es la situacion de Lisboa. Este joven de 34 años vivía en Palma, entre las ciudades mucho más castigadas por la guerra, en donde ejercitaba como instructor de inglés en un instituto. Ante la situación de riesgo por los asaltos de los terroristas, decidió arrancar una huída a Nacala que tuvo final feliz: en este momento es el coordinador del centro de atención al que asisten Juliana, Luisa y Adelaida.

   Con su familia seguro en la localidad de Pemba, de donde es originario, asegura que es feliz en Nacala y que no desea regresar ni con sus progenitores, ni a su previo vida en Palma. Cuando es preguntado por la situación de varios de los pequeños de los que se ocupa, admite que es un "favorecido".

   No tuvo exactamente la misma suerte Abuba, un hombre que trabajaba en una compañía en su localidad y que, tras tener que escapar, vive en este momento de la caridad con su mujer y sus 2 hijas. Perdió a su hijo tras huír de Cabo Delgado por "falta de asistencia".

   Estas historias son varios de los ejemplos de las vidas de los mucho más de 800.000 apartados internos que causó el enfrentamiento en Mozambique.